La fortaleza de San Vicente de la Sonsierra

Si un perfil nos llama la atención en el paisaje de la Rioja Alta es sin duda el de San Vicente de la Sonsierra. Su estratégica situación sobre el elevado cerro, la amplitud de perspectiva que le permiten los meandros del Ebro y la imagen de su iglesia y su fortaleza coronando el alto le otorgan una imagen única y personal.

Es visible desde infinidad de puntos, siempre presente como un centinela que, desde lo alto, mantiene una permanente vigilancia, hoy como ayer, sobre todo el territorio.

La fortaleza de San Vicente se comenzó a levantar en torno al año 1172 en este lugar de elevado interés estratégico. La considerable altura del cerro y su inmediatez al río convertía el lugar en un baluarte para la defensa del paso del rio (no en vano se construye aquí un importante puente que puede ser fácilmente defendido desde la fortaleza). Sancho el Fuerte en 1194 amuralló todo el recinto convirtiendo a San Vicente en una localidad inexpugnable.

El pueblo fue por tanto en sus orígenes un recinto amurallado para defender la integridad de sus habitantes. No en vano en el fuero otorgado a la villa en 1172, se limitaba el tamaño de las casas probablemente para poder adaptarse al espacio disponible intramuros.

Fue un punto clave en las guerras que se sucederían en la pugna entre Castilla y Navarra durante varios siglos. Merece la pena destacar entre estos conflictos los duros enfrentamientos entre Pedro I el Cruel  y Enrique II de Trastamara por la sucesión del Reino de Castilla. Enrique de Trastamara sitiaría la villa y, al no poder rendirla, arrasaría los poblados próximos. La valentía demostrada en este conflicto por los habitantes de la localidad fue la causa de que Carlos II de Navarra concediera privilegios de hidalguía a todos sus habitantes y sus descendientes.

A partir del siglo XVI la zona entraría en un periodo de paz que se rompería en el siglo XIX con la Guerra de la independencia y las Guerras Carlistas, tomando la fortaleza de nuevo interés militar.

San Vicente estuvo ocupada por un contingente francés desde 1807 hasta 1813, siendo abandonada por el ejército napoleónico tras su derrota en la batalla de Vitoria. En las guerras carlistas el castillo fue ocupado por las tropas del general Zurbano. La zona fue escenario de importantes enfrentamientos en ocasiones dotados de una gran crueldad como sucedió en el vecino Cenicero. Tras la finalización de las contiendas carlistas la fortaleza volvió a perder un interés militar que ya no recuperaría.

La fortaleza cuenta con tres recintos amurallados concéntricos que ascienden adaptándose a la topografía del terreno. Esta situación confiere una mayor monumentalidad si cabe a la imagen del castillo.

Al primer recinto se accedía por la conocida como puerta de la Primicia, reconstruida en época carlista. De aquí sale un camino empedrado que conduce a la parte alta del castillo y que hoy se conoce como la cuesta de los disciplinantes por ser utilizada por estos durante sus procesiones. Una parte de la muralla exterior, la parte suroeste, se desmanteló en los años 50 del pasado siglo para utilizar los sillares en otras construcciones.

Al segundo recinto se accedía por la llamada puerta de Salas, y que se corresponde con la actual calle de la Fortaleza, siendo en la actualidad el camino más frecuentado por los visitantes que, desde el centro de la localidad, se acercan a visitar el monumento. Este recinto tiene otro acceso por el lado el noroeste, mirando hacia la localidad.

En este segundo recinto se encuentran dos iglesias. La primera, conocida como San Juan de Arriba o San Juan de las Cercas fue la iglesia parroquial hasta que se construyó la nueva. En la actualidad es la sede de la Cofradía de la Veracruz de los Disciplinantes. La Iglesia parroquial es un impresionante monumento que bien merece que le dediquemos un post futuro.

En la parte más alta se levanta el último cerco, lo que podríamos considerar propiamente el castillo. En él encontramos la torre del homenaje o torre mayor que recientemente ha sido consolidada. En los trabajos realizados han aparecido dos elementos singulares, una sala realizada en su totalidad de sillería que se conoce popularmente como cuarto de los moros puede corresponderse quizá con una mazmorra; y un profundo pozo, que todavía no se ha podido terminar de vaciar y cuyo uso todavía no está claro para los especialistas.

En el límite entre el segundo y el tercer sector del castillo se levanta la conocida como torre del reloj, una torre albarrana probablemente levantada en el siglo XVI.

La fortaleza ha sido objeto de un cuidadoso proyecto de restauración que está finalizando en la actualidad y que ha permitido por un lado ampliar nuestro nivel de conocimiento sobre el funcionamiento y la estructura de la fortaleza y, por otro, garantizar su conservación para muchos años. Unos trabajos que se han prolongado durante una década y que hoy nos permiten poder contemplar en toda su plenitud uno de los monumentos más singulares de La Rioja Alta.

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