Historia del vino de Rioja | Patrimonio
HISTORIA DEL VINO DE RIOJA |
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Una de las señas de identidad y el elemento simbólico más importante de La Rioja es sin duda alguna el vino. Pero no sólo como producto y actividad económica sino como referente social y cultural de una región en la que una importante parte de sus fiestas y tradiciones giran en torno a este producto.
El vino ya aparece documentado en Rioja durante la época de la dominación romana, que encontraron en este territorio las condiciones idóneas para su cultivo y elaboración. En la Edad Media, caracterizada en La Rioja por el desarrollo de centros monásticos que fueron referentes culturales en Europa y de los que destaca San Millán de la Cogolla, la producción vitivinícola estuvo vinculada a monasterios y abadías, en los que se mejoraron las técnicas de cultivo. En el siglo XVI La Rioja era una de las principales regiones productoras, lo que le permitía exportar vino al resto de España e incluso a Europa. Los dos siguientes siglos, XVI y XVII, permitieron al Rioja consolidarse gracias al incremento de la producción y a la implantación de las primeras medidas de control de la calidad y de regulación en la elaboración del vino.
Pero será la segunda mitad del siglo XIX la que coloque al Rioja en su posición actual y le de la dimensión que ha llegado hasta nuestros días. A mediados de la centuria la filoxera afecta a las principales regiones vitivinícolas europeas. Los bodegueros franceses, en la búsqueda de nuevos proveedores con los que satisfacer la demanda, llegan a La Rioja e implantan el método de elaboración bordelés, consistente en la crianza de los vinos, que se extenderá a toda la región. Así, de la combinación de una destacada materia prima favorecida por las condiciones medioambientales y del terreno y de las técnicas francesas de elaboración, el vino de Rioja alcanza una calidad hasta entonces desconocida en la región y un prestigio universal. Las siguientes décadas del siglo XIX supondrán la expansión del viñedo, la creación de algunas de las bodegas más representativas de la región y un crecimiento económico sin precedentes para estas zonas vitivinícolas.
Pero la filoxera también acabará por afectar a La Rioja. Será a comienzos del siglo XX cuando esta plaga arrasa con prácticamente la totalidad del viñedo de la región y sume al territorio en una profunda crisis económica. La única medida efectiva contra la plaga era el injerto de cepas americanas, las únicas inmunes a este parásito ya que procedía de este continente. La recuperación fue lenta, más de dos décadas, pero tras este grave contratiempo el Rioja volvió a ocupar su lugar de prestigio. En 1926 se crea el Consejo Regulador, el primero de España, con los objetivos de delimitar la zona de producción del Rioja, controlar la expedición de la precinta de garantía y establecer las medidas legales para proteger al Rioja de falsificadores y usurpadores de su prestigio y buen nombre. El Consejo Regulador tal y como está estructurado en la actualidad se conforma en 1953 y en 1991 logró la calificación de Denominada, un paso más en el reconocimiento de los vinos de esta región.
Las huellas de la actividad vitivinícola en el patrimonio de la zona son numerosas y extensas, yendo desde los lagares rupestres a los guardaviñas, sin olvidarnos de los barrios de bodegas y de las bodegas centenarias surgidas al albor del desarrollo del sector.
En el conjunto del territorio del Rioja nos encontramos con numerosos lagares rupestres de piedra, excavados en la roca y que se localizan junto a los viñedos. Dentro de toda la zona destaca la Sonsierra, que entre las localidades de San Vicente y Ábalos concentra casi un centenar de ejemplares.
En estos pequeños lagares se pisaba la uva y en algunos casos se prensaba, con lo que se elaboraba el vino junto a los viñedos. Los lagares contaban con tres espacios: uno, el mayor, en el que se presionaba la uva con los pies; en el segundo reposaban los orujos, las impurezas, etc.; y en el tercero ya se recogía el mosto mucho más limpio. Así, los labradores que no poseían bodega propia transportan a su casa el producto para obtener vinos claretes ya que para la elaboración del vino tinto se requiere que el mosto fermente, introduciendo el raspón.
Existen tres tipos de lagares. Los exentos ocupan un bloque de arenisca sin tener ninguna relación con otros. Los asociados emplean el mismo bloque de arenisca que una necrópolis o un eremitorio, por ejemplo, pero no interfieren con ellos. Finalmente, los lagares parásitos ocupan el mismo bloque que otro conjunto, aprovechando el constructor la pérdida de calidad de los lugares sagrados, reconvirtiéndolo en un lagar con lo que desaparecía la parte ocupada. En algunos lugares, como por ejemplo Zabala, San Andrés y La Tejera, es habitual encontrar lagares agrupados.
Como se ha señalado, en los términos municipales de Ábalos y San Vicente de la Sonsierra se han descubierto, en pleno campo y cerca de algunas necrópolis de la Sonsierra, decenas de lagares rupestres. En la localidad de Ábalos nos encontramos con treinta lagares restaurados, en perfecto estado, con sus nombres como Las Peñas del Señor, San Prudencio, Los Arogues, Las Arenas, Santa Ana, Las Abejas, Santa María, El Cadalso, San Cristóbal, El Carronillo, Los Hundios, La Toba y El Campillo. En San Vicente de la Sonsierra se alcanzan los sesenta lagares, la gran mayoría de ellos en la zona norte del municipio, destacando los cercanos a la Ermita de Santa María de la Piscina, en la zona de la necrópolis, y que son conocidos como Zabala, La Canoca y el propio nombre de la ermita; también junto a otra necrópolis aparecen los de San Andrés; cerca de la Ermita de San Bartolomé, en el norte de Ribas de Tereso, encontramos los de Orzales; sin olvidar los de Pangua, Cuatro Caminos, San Polite, Santa Tornea, La Tejera, Peciña, Los Corrales de la Nava, entre otros.
Estos elementos constituyen una muestra de la arquitectura popular riojana de finales del siglo XIX y son construcciones de una sola planta, generalmente de forma circular y con una falsa cúpula como remate y cierre, ubicados junto a los cultivos. Los guardaviñas se empleaban para vigilar los viñedos, como su propio nombre indica, y para servir de refugio a los agricultores en función de las inclemencias del tiempo.
La mayoría de los guardaviñas que se han conservado se localizan en la Rioja Alta, especialmente en la Sonsierra, Cenicero y San Asensio. En esta última localidad, concretamente, nos encontramos con doce ejemplares aproximadamente, tanto de planta circular como cuadrada, destacando los denominados Valdelapila, El Campillo, Valle de las Navarretas y Choza Peral. En algunos lagares de toda la zona se conserva grabada su fecha de construcción sobre los sillares. De hecho, en San Vicente nos encontramos con uno fechado en 1868. En total, esta localidad posee diecisiete ejemplares, trece de los cuales son de planta circular y cuatro cuadrada. Están en buen estado de conservación, fueron restaurados en 2004, y destacan los de Sacramento, Ombon, Hornillo, La Palomera, El Muerto, El Bosque y Pangua. Pero el más relevante es el de Las Espinillas, cuya planta es circular, posee una chimenea adosada y cuenta con un segunda planta utilizada como dormitorio.
Del resto de localidades hay que reseñar los seis guardaviñas restaurados en 2000 en Ábalos, de nombre El Prado, Periguita, El Portillo, La Recilla, Centenales y Gallocanta. Otros siete se conservan en Briones, destacando el de La Fuente, la Choza Jimeno y la Choza del Monte. Finalmente, otro guardaviñas se encuentra localizado en Briñas.
Bodegas Centenarias y barrios de bodegas |
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Existen numerosos ejemplos de bodegas familiares riojanas, muchas de ellas agrupadas en los llamados Barrios de Bodegas, característicos de numerosas localidades de la región. Estas bodegas están excavadas profundamente en la tierra o en la roca y ofrecen las condiciones idóneas de temperatura, entre 13 y 15 grados, y humedad a los vinos. Las tuferas de ventilación de las bodegas dan al paisaje un perfil muy característico. También podemos encontrar bodegas abiertas aprovechando las pendientes de las laderas de cerros.
Estas bodegas están formadas por varios compartimientos. En la parte superior, próximo a la entrada, nos encontramos con el lago, lugar donde se deposita la uva para la fermentación, y se han realizado excavando directamente en la roca, de piedra de sillería o de cal, mientras que en otras bodegas grandes tinas de madera sustituyen al lago. Cerca de él puede aparecer la prensa y en la parte inferior, excavado en la roca, se encuentra el calado, donde se sitúan las cubas de madera o los depósitos de cemento. Junto a él aparecen las barricas, garrafas y otros envases para la trasiega. Normalmente, desde lo profundo del calado hasta el exterior aparece un conducto mediante el que sale el gas tóxico derivado de los procesos de fermentación del vino. Estos conductos reciben el nombre de tuferas.
A partir de la segunda mitad del siglo XIX comenzaron a excavarse las grandes bodegas para contener los vinos de crianza, aprovechando algunas de ellas los antiguos calados, parte de ellos construidos durante la Edad Media. De hecho, hay restos arqueológicos que nos muestran como en el siglo XV y XVI los cosecheros excavaban túneles hasta alcanzar las condiciones adecuadas de temperatura y humedad donde guardar los vinos.
Uno de los barrios de bodegas más emblemáticos de La Rioja es el de San Asensio, también conocido como Barrio de las Cuevas. Cuenta con 300 bodegas ubicadas en un cerro denominado Cerrillo Verballe, siendo un conjunto único de la región ya que forman una especie de pueblo en el que los calados excavados en la roca se entrecruzan entre ellos dando lugar a pasadizos entre bodegas que nos remiten a otros tiempos. En la localidad de Cenicero las bodegas se han integrado en el casco urbano ya que los lagares, de gran profundidad, se encuentran debajo de las viviendas. Situación similar se da en Casalarreina, destacando los de este municipio ya que todos los calados poseen similares características constructivas. Igualmente, en las localidades de Briones y San Vicente de la Sonsierra muchas bodegas se encuentran en el propio casco urbano, debajo de las viviendas, siendo calados excavados en la roca en los que los vinos se conservan a una temperatura perfecta, lo que contribuye a la calidad de los vinos de la zona. Por su parte, en Ábalos destaca la Bodega Real Divisa, que está considerada como una de las dos bodegas más antiguas de Europa y que pertenece a uno de los descendientes de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador.
En Tirgo también se conservan casas con bodega adosada cuyo origen data de mediados del siglo XIX, en el momento de impulso comercial del Rioja, sin olvidar los calados que se mantienen cerca de los márgenes del río Tirón, un pequeño barrio de bodegas enclavado en un entorno privilegiado con el arranque del puente de la localidad como marco.
En Cuzcurrita, en la margen izquierda unida al pueblo a través del puente medieval, en la llamada Cuesta del Rollo, persisten grandes cuevas convertidas en bodegas con sus respectivos calados.
Finalmente, no podemos dejar de señalar la relación entre las bodegas y los castillos de la zona. Así, tanto el de Cuzcurrita como el de Sajazarra conservan en su interior sus antiguas bodegas junto a nuevas edificaciones en las que se procede a la elaboración del vino siguiendo métodos modernos.
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