Los Picaos de San Vicente de la Sonsierra

No se puede decir con exactitud cual es el origen de la cofradía de la Santa Vera Cruz. Lo que si podemos constatar es que comparando los documentos mas antiguos con el hecho actual, se observan pocas diferencias en los actos y momentos de los disciplinantes. El funcionamiento de la cofradía ha sido siempre normal a través de su historia. Solo en tres fechas se ha visto interrumpido: durante la invasión de España por la Francia revolucionaria; en la Guerra de la Independencia y durante la implantación de la Segunda República y la Guerra Civil. El 19 de junio de 1551 los hermanos cofrades presentaron sus estatutos y ordenanzas ante el vicario general del obispado, Sr. Doctor Andrés Ortiz de Urruña para su aprobación. Lo presentado es una recopilación sobre lo que ya se practicaba de forma habitual durante la Semana Santa, la Cruz de Mayo y Septiembre. La Cofradía va existiendo a través de los tiempos y a pesar de diversos avatares. La supresión del 20 de marzo de 1799 de la costumbre de los disciplinantes, fue un intento de supresión radical que no llego a triunfar ya que se siguió practicando la disciplina en privado. Es de destacar la veneración que se le ha tributado. En los archivos consta que la mayor parte de Obispos, Arzobispos y Cardenales de España le concedieron indulgencias,y que en el siglo XVIII muchos Obispos fueron hermanos de ella.

Los Disciplinantes han estado en su historia y están en la actualidad unidos a la Vera Cruz.

En el año 1985 se renovaron sus Estatutos con el fin de actualizar algunas de sus cláusulas.

Ahora la Cofradía se encarga de organizar las procesiones de Semana Santa y de las fiestas de la Santa Cruz de mayo y de septiembre; de los pasos en las procesiones y de todo lo referente a los Disciplinantes, preparar sus hábitos, madejas…, acompañar y curar a los Disciplinantes, etc.

Cada dos años se renueva la junta rectora compuesta por seis personas que los hermanos cofrades eligen para esta función.

San Vicente de la Sonsierra ha mantenido esta costumbre a lo largo de estos siglos, sin haber decaído en la observancia de la regla.

Porque, no en vano, ésta es la última y única manifestación del rito penitencial, mediante flagelación, que queda en España donde,

hasta el siglo XVIII, era práctica relativamente frecuente en pueblos y ciudades.

Quien decide disciplinarse, se dirige a la sede de la Cofradía situada en la ermita de San Juan de la Cerca y lo manifiesta a alguno de los hermanos cofrades. Si reúne las condiciones sube al reservado de la Cofradía cuando el acompañante se lo indique. Allí se vestirá con el habito blanco del disciplinante: túnica blanca hasta la rodilla con apertura posterior en forma de T, cíngulo blanco atado a la cintura, capucha de igual material, para ocultar la identidad de la persona, disciplina o madeja de algodón hecha por la cofradía y capa parda con una cruz blanca en la espalda.

Ya vestido con el hábito, acudirá a la procesión o a la Hora Santa, se arrodillará ante el paso al que haya hecho la ofrenda (generalmente ante “la Dolorosa” o ante el “Monumento” en la iglesia), rezará una oración y, al ponerse en pie, el acompañante le retirará la capa de los hombros y le abrirá la abertura de la espalda. El disciplinante cogerá la madeja por la empuñadura con las dos manos y, balanceándola entre las piernas, se golpeará la espalda por encima del hombro alternativamente, a izquierda y derecha, durante un tiempo variable según cada disciplinante, pero que suele ser unos 20 minutos y entre 800 y 1.000 golpes, hasta que el acompañante y el práctico decidan cuando es el momento de ser pinchado.

Llegado este momento, se inclinará y colocará la cabeza entre las piernas del práctico, que le golpeará levemente tres veces cada lado de la espalda, en la zona lumbar, para que brote un poquito de sangre, que evite molestias posteriores, pero nunca para mortificar más o aumentar el sufrimiento. Después se golpeará 15 ó 20 veces más.

El utensilio que tradicionalmente se utiliza para “picar” se denomina “esponja” y consiste en una bola de cera virgen con 6 cristales incrustados de dos en dos, de manera que cada disciplinante recibirá 12 pinchazos.

Finalizada la penitencia, disciplinante y acompañante vuelven a la cofradía donde el practicante le lava y cura las pequeñas heridas con agua de romero.

Es un acto voluntario, nada ni nadie les obliga a ello. En cada persona los motivos que les llevan a disciplinarse son diferentes. Unos porque se quieren unir al Sacrificio Redentor de Cristo. Otros por algún motivo personal o familiar que les llevo a realizar la promesa de disciplinarse; bien para pedir algo, bien para dar gracias.

Las mujeres, que en el siglo XVI pertenecían a ella y que luego desaparecieron, pueden pertenecer a la cofradía como miembros de pleno derecho desde 1998. Su penitencia se limitará a la tradicionalmente ejercida por ellas como “Marías”.

Las “Marías” se llaman así por acompañar a las procesiones vestidas con el manto de la Virgen de los Dolores, con el rostro cubierto por puntillas, que protegen su anonimato, van descalzas e incluso con cadenas. Pueden ir un máximo de cuatro por procesión, con los mismos requisitos que los hombres y, por supuesto, también acompañadas por miembros de la Veracruz.

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